Por las noches, París cambia su ego por disculpas, por el frío, por la nieve y los labios cortados, por la necesidad de refugio en cualquier parte.
Hace frío en Montmatre. Miro por la ventana de mi habitación y la ciudad me devuelve una postal en blanco y negro. Imagino que estoy dentro de una película de Godard y me transformo en vanguardista, en espejo de una soledad que me merezco y de la que estoy totalmente encantado.
No sé qué hacer.
Miro de reojo el lavabo. Siento la necesidad de encontrarme en esta ciudad tan fría. Rebusco entre los perfumes del armario y encuentro una maquinilla de afeitar. No me lo pienso dos veces y comienzo a desnudarme la cabeza. El pelo cae al suelo como gotas de ácido sobre la piel de un niño. Siento la libertad en las palmas de las manos, me gusta.

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